Salmo 8. Por Caleb Ordóñez T.

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“Que Dios caminara sobre la tierra es más importante que el hombre caminara sobre la luna.”James Irwin (Apolo 15)

Hay noches —cada vez más escasas en una ciudad que no se apaga— en las que uno levanta la mirada y, por un segundo, el mundo se detiene. No por lo que pasa aquí abajo, sino por lo que está allá arriba.

El cielo.

Ese lienzo imposible donde la Luna cuelga con una calma insultante y las estrellas —millones, quizá miles de millones— brillan como si nada de lo nuestro importara.

Y entonces viene la pregunta. La incómoda. La esencial:

¿qué somos nosotros frente a todo esto?

No es una pregunta nueva. Hace tres mil años, alguien —un pastor, un rey, un hombre mirando la misma Luna— la escribió casi con las mismas palabras, en un salmo. Y el hecho de que todavía nos la hagamos dice algo importante.

Porque si uno lo piensa bien, somos poco. Muy poco. Un instante. Un suspiro en medio de una maquinaria que no entendemos. Un punto diminuto orbitando una estrella común, en una galaxia que es apenas una más entre miles de millones existentes.

Y sin embargo… aquí estamos.

Con la capacidad de mirar hacia arriba. De cuestionar. De asombrarnos. De escribir. De amar. De construir historias que, aunque pequeñas frente al universo, son enormes para quien las vive.

Ahí está la paradoja.

No somos nada… pero tampoco somos cualquier cosa.

Porque hay algo profundamente desconcertante en el hecho de que, en medio de esta inmensidad, el ser humano tenga conciencia. Que pueda detenerse una noche cualquiera, mirar la Luna y sentir que, de alguna forma, hay una conexión. Que no todo es azar. Que no todo es frío.

Que hay propósito.

Y entonces la narrativa cambia.

Ya no se trata de lo pequeños que somos, sino de lo significativo que resulta que, siendo tan pequeños, se nos haya dado tanto: razón, voluntad, capacidad de incidir en nuestro entorno. De dominar lo que nos rodea.

El problema, quizá, es que olvidamos eso con demasiada facilidad.

Nos perdemos en lo inmediato. En la discusión del día. En el ruido. En la prisa. Nos perdemos en la pantalla. En la notificación que llegó hace tres segundos. En la urgencia de algo que mañana no recordaremos. Y la Luna sigue ahí, esperando que alguien se moleste en mirarla.

De recordar.

Porque tal vez ese es el punto central de todo esto: no es el tamaño del universo lo que debería abrumarnos, sino el hecho de que, dentro de él, nosotros importamos.

Y mucho.

Importamos no por lo que ocupamos en espacio, sino por lo que representamos en conciencia.

Por eso, cada vez que el cielo se despeje y la Luna vuelva a aparecer —imperturbable, eterna en su ritmo— vale la pena hacer una pausa.

Levantar la mirada.

Y repetir, aunque sea en silencio:

“Que hay algo más grande que nosotros…

y que, aun así, ese algo nos conoce por nombre.”

Y en esa tensión —entre lo inmenso y lo íntimo—

es donde realmente empieza la historia.

El astronauta James Irwin caminó sobre la Luna. Vio la Tierra desde allá arriba —pequeña, azul, frágil— y volvió convencido de que lo más grande no era el viaje, sino lo que ese viaje señalaba.

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmo 8:3-4)