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¡Qué decepción!

Por: Caleb Ordóñez Talavera

Cuando mezclamos el sentimiento de la esperanza y la afrenta cruel de la realidad desciframos un concepto común para todos: la decepción.
Sentimos haber sido decepcionados ante el evidente engaño y la desesperanza provocada por algo o alguien a quien le tuvimos en gran estima y confiamos plenamente posible. “Somos fácilmente engañados por aquello que le das todo tu aprecio” decía el filósofo Moliere. Nos desengañamos de lo que no satisface nuestras expectativas. Se presenta la desesperación, enemiga de la esperanza que se basa en un estado de ánimo esencialmente ligado al futuro, en la medida en que supone siempre un trascender el momento presente para vivir con la vista puesta en lo que aún no es, con expectativa vivimos, esperando “lo mejor” empeñado en la palabra de ánimo de alguien que al final termina por enterrar el ensueño.
Esperamos lo bueno cuando sentimos la esperanza, la expectativa es también una alerta, una tensa expectación que nos hace “creer” tener nuevos recursos. Cuando vemos caídos estos esfuerzos que depositamos aparece la sensación de desesperación, ante esto, te invito a reflexionar sobre este momento penoso, a todos nos pasa, pero no todos llegan a buen puerto luego de sufrir la apología del desengaño: la decepción.

Como hemos cambiado…

Mientras seamos humanos, dejar de decepcionarnos y decepcionar será imposible. Las expectativas de cada uno sobre cada cosa son imposibles de medir. En las etapas humanas que atravesamos, vamos teniendo cada vez más relación con más formas de pensar y actuar. La infancia nos permite jugar seriamente con el futuro. Cuando éramos pequeños, cualquier juego debíamos realizarlo con el mejor de los profesionalismos posibles. Entonces jugábamos a “la mamá y al papá responsables de una familia unida” “al doctor que salvaba vidas sin importarle el dinero recibido” “al policía dedicado que afanosamente buscaba a los criminales sin temor alguno”.
Fuimos creciendo y conocimos el desengaño más artero, el que no podemos olvidar nunca, cuando quisimos a alguien más de lo que debimos. Nos enamoramos sin saber lo que esto conllevaba, entonces las ideas de la infancia comienzan a diluirse poco a poco. Crecíamos y nos enfrentamos a otros grandes retos imposibles. Creíamos en ideales de justicia, paz, amor, etc. Y mientras más nos dimos cuenta de la realidad humana alejada de creer en “metáforas y fantasías” diluimos todavía más nuestros idealismos. Antes, nos enseñaban a participar, a enfrentarnos, luego cuando conseguimos nuestro primer empleo, no enseñaron a callar, obedecer y bajar nuestra cabeza.
Este proceso común va consumiendo a las personas, haciendo que cada vez crean más en las ideas de su autoría y compren las ideas de lo que mejor les conviene. Ejemplos son muchos. Aquel que emocionado por saber más de Dios, fue acallado con la imposición de dogmas religiosas y obligado a creerlas para “no saber más de lo necesario”. El joven idealista en las aulas que se enfrenta al escritorio de la burocracia, donde los ensueños de cambio no caben. El activista social que inquieto por participar a favor de otros, conoce los sistemas fríos de la política y la falta de palabra.
Nos decepcionamos de la realidad que la gran cantidad de decepcionados impuso. Somos parte de la colectividad que no se atreve a moverse y en tensa calma debe aceptar lo que mejor le conviene para sobrevivir. Los ideales son un segundo termino, solo suficientes para platicarse y debatirse en la mesa del hogar, pero imposible de llevarlos a cabo en la vida real, pues siempre nos causarán problemas.

Reivindicate

Hoy hace falta y como nunca antes gente que quiera decepcionarse de la decepción. El mensaje a una nueva generación de gente emergente es la necesidad de volver a creer en ellos mismos. El antónimo de la esperanza es el temor. En esta sociedad llena de temores es necesario que voces de esperanza resuenen sin miedo a ser acalladas, entre ellas la tuya. ¿Te interesa el bien de la gente? Dedica tu vida a ese ensueño, sé rebelde a la realidad. Esta generación está convocada a cambiar las cosas desde su interior. Cuando la política se convierte en negocio de unos cuantos, pierde su esencia humana y los valores que la inspiran. Aquellos que emergen hacia una nueva sociedad los respaldan las ideas y la comunidad, no el poder del dinero.
Busca a Dios fuera de cualquier religión, o dentro de todas. Que las estructuras no detengan tu anhelo de conocer lo que hay más allá. Evita el aplauso fingido, el que no es merecido. Renuncia a la posiciones “VIP”. Cumple tus promesas y recuerda que lo más valioso que tienes es tu palabra, cúmplela cuando la empeñes, aunque eso te cueste dinero e influencia.
Si alguien te decepcionó no pagues a otros con esa misma moneda. Compárate en el antes y en el que hoy eres, hagamos un auto examen para saber en que hemos diluido los conceptos que más atesorábamos, no es demasiado tarde para volver a ser quienes un día soñamos ser.
Te decepcionaron, pero a la vez hemos decepcionado. ¿Quién empeñó su esperanza en nosotros y no supimos cumplirla?
Cuando la decepción perdura, le sigue la frustración y por último la depresión. No pongamos nuestros ojos en las personas ni en los sistemas, no endosemos nuestras creencias en otros. Entre menos esperanza depositamos en otros, menos desesperación tendremos. Busca dentro de ti las herramientas suficientes para trascender. Paga con bien a lo que te pagaron con mal. A eso el revolucionario Jesucristo llamaba “Poner la otra mejilla” cuando eras abofeteado. Cuando entendemos esto, las causas de la vida no son las que nos cambian y tenemos la autoridad de representar el cambio.

¿Qué piensas?

Twitter: @calebmx
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