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Cuando para desestresarme salí a jugar basquet

Tenía como 11 o 12 años y mi vida era una pelota de basquetbol, una canasta y echaba a volar mi mente hasta perderme totalmente de la realidad. La canasta no siempre era reglamentaria, en mi casa jugaba con mi hermano mayor a pegarle a una esquina de pared la cual imaginábamos que había un aro, en la calle usábamos los “tumbaburros”, aquellos recipientes de fierro donde solían poner la basura, se hacían las “retas” y había bastante euforia entre los vecinos, cuando lograba jugar en la cancha del parque tenía que enfrentarme a niños mucho más grandes que yo, otros ya estaban incluso en la preparatoria y solían hacerme “tapones” y usar el cuerpo bastante rudo, pero no se valía rajarse ni llorar, esa cancha te forjaba carácter. Recuerdo que teníamos que jugar sin errores pues si la pelota salía de los límites se encontraría con cientos de “toritos” que podrían poncharla o clavarse en tu mano, abrirla y hacerla sangrar.

Mi barrio donde crecí, Unidad presidentes en Chihuahua, Chih.

No era el mejor, pero era sumamente competitivo, cuando tomaba la bola yo sentía que me convertía en Michael Jordan, me acercaba al aro y sacaba la lengua, era como si el espíritu del número 23 de los Bulls de Chicago me tomara, cuando tenía que ser armador, o guardia me convertía en Tim Hardaway –el más grande basquetbolista que surgió de El Paso, Texas- si debía tirar de tres puntos, era momento de convertirme en Larry Bird o Steve Kerr, cuando buscaba un rebote, me transformaba en Dennis Rodman y si a alguien le tapaba el disparo, me sentía más fuerte que Shaquille O´neal o Dikembe Mutombo. Mi ambición nunca fue pequeña, mientras veía jugar a los Dorados de Chihuahua cada noche en el gimnasio M. Quevedo (limpiaba la duela con un gusto enorme), me imaginaba portando el jersey y ganando algo realmente importante, luego ser seleccionado de México y ganarle a Estados Unidos en las olimpiadas, ser por supuesto el primer mexicano en la NBA, aunque poco después sería un tal Horacio Llamas quien me ganaría ese honor.

Estadio Rodrigo M. Quevedo

En mi imaginación tenía exclusividad con Nike y mi playera con el número 10 se vendía impresionantemente, nunca supe porque pero soñaba con jugar con los Raptors de Toronto y tampoco recuerdo porque me gustaba que me llamaran “ying-yang power” pero todo esos sueños me hacían vivir realmente feliz.

Han pasado ya muchos años desde aquellos años donde portaba con orgullo el jersey de mi primaria o mi secundaria, incluso llegue a portar el de los “doraditos de Chihuahua”.

Entonces nos volvimos a encontrar

Hoy que jugaba me vinieron cientos de recuerdos que si los escribiera todos, sería demasiado tedioso leer esto; me vinieron a la mente mucha gente, amigos tan queridos de los que hoy se muy poco o nada, y gracias al vidrio que estaba detrás de la canasta me vi como botaba el balón con mucho menos rapidez, mis movimientos no eran para nada iguales y parecía que no disfrutaba como antes de ese juego, intenté una y otra vez encestar pero la muñeca y mi mano se negaban a reaccionar como yo quería, hasta que empecé de nuevo a volar la mente, ya no era Jordan, no era Pippen, ni Magic Johnson, no quería jugar como Dominique Wilkins o David Robinson, por un momento solo por un instante, quería jugar como el niño que era, el mismo que tenía ilusiones tan imposibles de realizar, jugadas que quedarían registradas para siempre en las cámaras de ESPN, no quería ser nadie más, que aquel Caleb que no permitía en su mente el fracaso o la derrota y me reencontré, con mucho más peso, años y sin haber cumplido todas las quimeras, sin los mismos anhelos ni ambiciones, entonces me di cuenta de que había fallado rotundamente al niño que fui, en mis muy adentros entendí que hay ocasiones como esas en las que te enfrentas a quien eras y si pides perdón por fallar, también te das cuenta que tienes lo suficiente para volver a creer; reencontrarme con el Caleb de 11 años me ayudó a replantearme con la misma furia de salir adelante y de recobrar la ilusión.

¿Qué tanto nos fallamos?

 

No sé que hacías de niñ@ que te hacía feliz, que te hacía soñar e imaginar llegar hasta lo más alto, la vida con sus sinsabores nos va haciendo olvidar todos esos momentos, y peor aún, desilusionarnos a tal grado que dejamos de pensar “como niños” y buscar madurar, sin embargo nada es más poderosa que la mente de un niño, pues una mente que no tiene límites, nunca creerá en la derrota, ni en la frustración y finalmente será invencible.

Para desestresarme, salí a jugar básquet hoy y la pelota se quedó atorada en la red, entonces busqué brincar una y otra vez para desatorarla y no lograba mi cometido, fui por una escoba y pude tenerla en mis manos de nuevo, pero con una enseñanza que nunca debo olvidar, que es, nunca volver a dejar de creer en mí, tal como de niño imaginé que llegaría hasta lo más alto. Estoy seguro que tu también lo creías de ti, confiabas en ti, y si aún puedes leer esto, entonces estas a tiempo de no fallarle al niño que fuiste.

Caleb Ordóñez T.

http://www.facebook.com/CalebOrdonezT